martes, 29 de noviembre de 2011

El axioma 'el todo es más que la suma de sus partes'


Desde el entendimiento popular, para muchos no constituye más que un juego de palabras; sin embargo, es una idea que invita a pensar en la realidad del ser.


Se le adjudica el haber dicho esta frase, por primera vez a Aristóteles, en su Metafísica, algo que, si es verdad, no hemos podido verificar a los efectos de redactar este artículo, pero que se comprende podría resultar muy interesante el hacerlo, en la razón de pensar en una posible solución (intento de…) de las diferencias antagónicas entre las filosofías de Platón y Aristóteles; el pensar en que “el todo es más que la suma de sus partes”, desde el conocimiento ordinario (no académico) que puede tenerse de estas filosofías, parece estar más relacionado con el universo arquetípico de las ideas, de Platón, que a la filosofía del otro.

 

El arquetipo de la idea en Platón

 

Platón dice que la idea de algo es previa y subyace a ese algo mismo. De manera mucho más poética, Jorge Luis Borges se refiere a eso al decir que “en el nombre de la rosa está la rosa”, que es decir que en la idea de la rosa está la rosa; la idea de la rosa prevalecerá aunque jamás se la haya visto, aunque se extingan todos los rosales.
Si (como el Griego afirma en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo, dice Borges en su poema.
Al margen de quién lo dijo primero, decir que “el todo es más que la suma de sus partes”, desarrolla aún más la idea anterior, porque el todo entonces es el arquetipo de la cosa a la que estamos refiriendo.
La frase a la que referimos constituye una verdad axiomática. Un axioma, según la Real Academia Española es: 1. “Proposición tan clara y evidente que se admite sin necesidad de demostración”, y 2. “Cada uno de los principios fundamentales e indemostrables sobre los que se construye una teoría”.


La dificultad de pensar que "todo es más que la suma de sus partes"


No es fácilmente admisible sin ponerse a filosofar un rato. Si nos dicen que somos algo más que un sistema orgánico interrelacionado con una estructura psicológica, con sus funciones, a primera vista, puede sonar un tanto supersticioso, incluso.
Pero pongamos un ejemplo, que puede ser grosero, pero la ventaja de los ejemplos groseros es que suelen también ser muy gráficos.
Si expresamos que una persona se desplazó una cierta distancia en automóvil, todos entenderemos a qué nos referimos. De otro modo podemos decir que esa persona lo hizo en una máquina que contiene un motor de combustión, que hace funcionar un sistema de propulsión, que está provisto de ruedas supeditadas a un control y a un funcionamiento direccional, etc., pero sin embargo no necesitamos conocer todas y cada una de sus partes, para entendernos, al decir “automóvil”. No obstante, también, si el automóvil no fuera algo más que la suma de sus partes, no podríamos referirnos a él sin describir cada una de sus partes, estrictamente, porque de otro modo nunca cabalmente podríamos estar refiriéndonos a un automóvil.
Es más fácil explicarlo por medio de la imagen que acompaña este artículo, pero el ejemplo anterior resulta más gráfico, siendo que estamos más familiarizados con la idea de automóvil que con la de esta figura.
El jarrón de Rubin, ¿consiste en un simple envase, o es la configuración de dos siluetas de rostros humanos, enfrentadas?; en realidad, son las dos cosas; no hay una idea subordinada a la otra, y si nos parece, se trata de una falla perceptual, de que la mente humana opera de manera binaria, y muy difícilmente pueda observar así una imagen complementada, de manera completamente objetiva, sin que alguna de las partes se superponga a otra. Pero, en realidad, no existe tal superposición. Hablar del jarrón de Rubin resulta tan fallido como decir “los rostros de Rubin”; en realidad aún no tiene un nombre propio y podría ser cualquiera, una palabra inventada.
Si alguien nunca vio esta imagen, nunca resultaría del todo definitivo describírsela. “Se trata de un jarrón cuyo contorno dibuja dos perfiles de rostros humanos, enfrentados”, nunca sería tan definitivo como decir la palabra “auto” para referirnos al vehículo, y esto es porque seguramente es mucho más probable que todos los individuos humanos por lo menos una vez en sus vidas hayan visto un automóvil, no tanto como un jarrón de Rubin. Pero el arquetipo del jarrón de Rubin existe, aunque nunca nadie jamás lo haya visto.

 

Historia de este axioma

 

Sin lugar a dudas, todo lo dicho hasta acá no es sino una aproximación muy vaga y de tratamiento superficial, de una idea seguramente de alcance mucho más profundo y evolucionado, en materia filosófica.
Pero es alrededor de este axioma que se funda la corriente psicoanalítica de la Gestalt (palabra alemana que quiere decir “forma”, pero también estructura, conjunto, configuración, sistema, totalidad).
La Psicología de la Gestalt nace en Alemania, a principios del siglo XX, de la cual se desprende la Terapia del mismo nombre, desarrollándose en Estados Unidos, y en contrariedad a las teorías de Sigmund Freud.
Según la Gestalt, la mente sistematiza a través de ciertas leyes la información que llega a través de la percepción o de la memoria, con el pensamiento, la inteligencia y la capacidad de resolver problemas, y en este sentido, este sistema tiene un carácter primario por sobre las partes que lo componen, por lo que la suma de todas esas partes no podrían llevar por sí misma a la comprensión del funcionamiento mental. Es lo que se ilustra con el axioma “el todo es más que la suma de sus partes”. No habría “consciencia de sí” si fuéramos solo la consecuencia, el producto de la suma de nuestras partes.