miércoles, 22 de agosto de 2012

Borges: Prólogo a 'La invención de Morel', de A. Bioy Casares


En este prólogo, Borges empieza por decir que existen dos tipos de novelas, la novela psicológica –le llama él– o característica, y la novela de aventuras o de peripecias. La primera propende ser informe dice él y que los rusos prueban que no hay nada que le sea imposible, ni siquiera la contradicción, mientras que señala que la aventura carece de argumento, siendo quizás el devenir de los protagonistas de un lado para el otro, de un episodio para el otro. Para 1882, Robert Louis Stevenson –autor de novelas de aventuras, si los hay– reconoce que el ánimo del público para con esta clase de literatura tiende a ser de desprecio, y Borges agrega que eso se extiende hasta 1940, donde habría un renacer por la novela de peripecias.
Está hablando del enfrentamiento y la discusión del mainstream (y el “bum” americano de los ’50) contra el género; la novela “de autor” contra la folletinesca (la literatura “de elite” contra la más popular), que en algún lugar se extiende hasta nuestros días.
Por los prólogos que a diferentes libros dedicara, no es antojadizo pensar que a Borges le interesaba ambos tipos de literatura –prologó, para el caso, tanto a Dostoievski como a Herbert G. Wells– sin embargo, en una apreciación parece aquí inclinar la balanza a favor de la novela agenérica, o “psicológica”, como él le llama.
“Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizá más digno de nuestra absoluta amistad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos, pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities en fábulas comparables a las de Kafka”, dice.
Es sabido que entre las novelas de género, Borges sentía especial predilección por el policial, aún, por el policial negro.
La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, guarda íntima relación con los cánones de este tipo de género, aún, en el marco de un ambiente alucinatorio.
Refresquemos un poco la trama: Un prófugo de la ley escapa del continente a una isla, que pronto descubrirá habitada. Primero rehuirá por un tiempo mediano la atención de aquellos, pero luego, al intentar establecer comunicación, incluso tardará en advertir que tal empresa presenta no poco serios inconvenientes…
La novela de Bioy Casares es de género, policial no tanto porque se trate el protagonista de un prófugo, de un delincuente, como porque hay un misterio que resolver, y ese misterio precisamente se relaciona con la incursión del argumento en un nuevo género, el de la ciencia ficción, algo que ya promete su título en una clara alusión a la novela de Robert L. Stevenson, La isla del Dr. Moreau.
“En español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonada”, dice más adelante Borges, y en esa frase creo se conjuga la predilección del maestro por literaturas de un ámbito u otro. A Borges le atraía lo raro, por eso pudo ser también muy cínicamente duro con autores del mainstream, aún cuando se supone que es su ámbito favorito, por ejemplo como cuando llega a decir del pobre Honore Balzac, en el mismo artículo, “la "psicología" de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos”, aún cuando se lo atribuye a Ortega y Gasset.
Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges fueron amigos íntimos. El primero escribió novelas cuando el segundo no lo hizo jamás. El primero se declaraba un escritor mediocre, a causa de reconocerse un hombre “feliz”, siendo que el verdadero arte literario es trágico, cuando menos apela a la tragedia, algo que él desconocía. Tampoco Borges admitía ser él mismo un escritor sublime, pero no lo hacía desde otra posición, la de la humildad o falsa humildad; al contrario, Bioy Casares estaba convencido de no ser un gran escritor.
Y no era para menos. Era amigo además del mejor escritor que quizás haya dado la lengua castellana. Borges, del mismo modo que podía prologar tanto a Chesterton como a Ray Bradbury, también se asimilaba a escribir cuentos en colaboración con su amigo.
Cuando más tarde a la publicación de La invención de Morel, Bioy presentara su otra novela Diario de la Guerra del Cerdo, que trata de un Buenos Aires hipotético, donde los jóvenes salen a asesinar a sus mayores, Borges opinó, más o menos con estas palabras: “Es excelente. Ahora habría que probar con una hipótesis a la inversa, la de una sociedad en la que los mayores salen a asesinar a sus hijos”.
Y esto revela que en Borges siempre estaba la propensión y la atención puesta en la posible realidad de una síntesis de la fusión entre psicología y peripecia, algo que se da en los mitos, “género” o forma literaria de la que él es tan afecto, porque es verdad, existe el mito del padre que devora a sus hijos, no a la inversa, algo que luego trágicamente se proyecta a la historia de la humanidad. Esta síntesis luego se produce en la ciencia ficción de las Crónicas Marcianas de Bradbury y en la fantasía cosmológica del Hacedor de Estrellas de Olaf Stapledon, libros ambos a los que Borges también les redactara sus respectivos prólogos.
Borges cierra su prólogo al libro de su amigo, diciendo: “He discutido con su autor los pormenores de su trama; la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta”.

Borges y Bioy Casares